Esa presión en el pecho terminó por explotar y no lo hizo de la mejor de las maneras. Enfocar los asuntos directamente, sin tacto y con tristeza, suele llevar a exponer palabras que de otra manera nos habríamos ahorrado.
Es muy fácil confundir el cariño cuando estás en una posición de vulnerabilidad, pero sobre todo es difícil seguir adelante sin agarrarse a un clavo ardiendo. Me gustaría poder decir que esa presión del pecho se ha ido, pero no. Todavía queda un ápice de incertidumbre en las últimas palabras compartidas. Lo que si que puedo decir es que hoy presiona un poco menos y solo espero que eso sean buenas noticias.
Nuestro cerebro tiende a protegernos de cosas que no sabemos si van a ocurrir, pero anticipa el "por si acaso" para amortiguar el golpe. De eso se encarga ansiedad y es fantástica cuando te mantiene alerta, pero es un enorme problema cuando ese estado es permanente. Ansiedad no sabe que anticipar las cosas también puede hacerse en positivo, porque su papel es proteger y no ilusionar con algo que quizá no ocurra. Lo cierto es que no sabemos lo que va a ocurrir, ni siquiera las personas que pueden tenerlo claro, ya que podrían cambiar de opinión en el camino. Pero los receptores, los que esperamos respuesta o movimiento por la otra parte, somos los que sufrimos esa incertidumbre... ¿Se puede vivir así?
Nos aferramos a decisiones posibles dependiendo de la importancia que le damos al asunto en cuestión. Cuando esperamos respuesta de una entrevista de trabajo que nos ilusiona y que nos hace falta, vivimos con el nervio del ¿qué me dirán? Cuando tenemos una relación con alguien, del tipo que sea, vivimos con la duda de ¿seguirá adelante? Toda esta incertidumbre forma parte de no conocer el futuro y eso es lo que asimismo lo hace interesante. El cerebro termina por convivir con esas dudas para poder disfrutar del presente porque, de otra manera, siempre estaríamos anticipando que algo malo va a pasar o que algo bueno no va a ocurrir, y se nos iría la vida en ello.
En ese estado de acomodamiento, empieza la calma, se va el vació en el pecho y se empieza a sonreír. Es cuando ansiedad se calma y cuando empezamos a disfrutar. El problema es que ansiedad no desaparece, sino que simplemente se hace más pequeñita porque se ha visto nublada por la convivencia con nuestro cerebro, pero cuando vuelve algún ápice de duda, resurge y suele hacerlo con mucha más fuerza que al principio.
Controlar este sistema de emociones no es nada fácil. Tendemos a protegernos del dolor y para eso nos acostumbramos a pensar en lo negativo en lugar de centrarnos en lo positivo. Pero esto último también ocurre y con mucha más frecuencia que lo primero. El problema es que muchas veces no queremos verlo y lo malo se apodera de nosotros, creyendo que es lo único que nos merecemos.
Cuando la presión en el pecho explota, se pasa por varias fases de duelo. La primera es la de la rabia por haber tomado la decisión, racional o no, de explotar. La segunda es la aceptación, cuando nos damos cuenta de que hemos dado el paso, la presión del pecho se ha ido y, aunque estamos muy tristes, al menos sabemos la verdad y eso, hace que se nos vaya la incertidumbre. La última es la del arrepentimiento, cuando entendemos lo que dejamos atrás. Aquí se mezcla con una fase bastante dependiente de "arrastramiento".
Ese momento llegó y aunque parece estar solucionado, la barrera virtual de la conversación sigue generando dudas. ¿Se habrá tomado esa decisión de solucionarlo, solo porque no ha ocurrido en persona? En una convivencia de harmonía, diría que no. Resultaría hasta un poco macabro pensar que se va a fingir durante tanto tiempo para dar la noticia más tarde. Pero entonces aparece ansiedad, que estaba escondida... y ella anticipa justo lo contrario.
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