Y entonces me escondo en una soledad de palabras que buscan como locas el grito que las haga libres. Y me vuelvo cobarde aún sabiendo que no es la mejor opción, aún siendo consciente de las ganas incontrolables que tengo de empujarlas, allí, donde solíamos gritar. Entiendo que es difícil vivir preguntando continuamente un pensamiento y a veces ni ejerzo dicha acción, mantengo la mente en blanco como mejor tratamiento contra la rabia, esa que nace con el pasado y se hace fuerte con el presente.
Y entonces te preguntas, y me pregunto. Y todo acaba en un bucle sin sentido del que se hace complicado salir. Si dices que no, yo diré sí y tú harás lo mismo al revés sólo para llevar la contraria. Me refugio de nuevo entre líneas y lo llamo hogar, porque me aporta el calor de un concepto ya caducado, de una nota desafinada que sigue sonando en el tiempo aunque siempre así, desafinada.
A veces me recupero, cojo impulso y suelto aliento para acomodar el nudo de mi estómago, pero no suele ser suficiente y entonces me dedico a escribir, para contarle a la nada que me oprime el tiempo, el pasado, el presente y sobre todo el futuro.