miércoles, 3 de agosto de 2016

Escondiendo gritos en relatos

Llegué a comprender que cada persona es responsable de los actos que ocurren como consecuencia de una decisión y esto es así porque cada una de éstas es propia y marca lo que, quizá, ocurra en las próximas horas. 

Entendí la importancia de esto cuando ella entró por la puerta y lanzó el bolso al suelo con rabia, sin embargo, sonreía. Sabía que ocurría algo pero ese no era el momento idóneo para empezar una conversación. Con el tiempo la escena se repitió hasta que, inesperadamente, un día llegó de vuelta y simplemente se sentó mirando a la nada, ese era el momento.

Me contó que ya no tenía rabia, que había pasado muchos días lanzando ese bolso al suelo y que, por fin, había parado. No le creí. Sabía que llevaba tiempo buscando algo, esa pizca que le faltaba, algo no definido para ella pero que debía encontrar. Al final sucumbió a mi mirada interrogante y confesó sus tropiezos, sus idas y venidas, sus equivocaciones. Creyó ser dueña de la situación que en ese momento envolvía su vida y lo cierto es que se acabó apoderando de ella. Supo más de la cuenta y eso le resolvió dudas aunque no por ello fue libre, se encerró todavía más. Por un momento entendí lo que ocurría, estaba recordando y eso la hacía débil. Pero esperad, no estoy encerrando recuerdos, al contrario, cada historia tiene mucho de ellos, pero nos debilitan.

A partir de ese momento pasaron horas y horas desde la primera palabra hasta la última y no hacía falta rebosar inteligencia para entender qué le ocurría. Con toda esta historia llegué a comprender dos cosas: la primera de ellas es que la rabia no desaparece guardándola en un bolso y tirándola al suelo y la segunda y más importante es que se pasó mucho tiempo titubeando con el objetivo de encontrar algo y que, al final, acabó sentada en el sofá, mirando a la nada y entendiendo que, ahora, no había nada que buscar.