lunes, 2 de enero de 2017

Entre gotitas, palabras

Caían muy despacio, una a una y chocaban contra el vidrio helado de la ventana. Lo cierto es que más que ventanas eran láminas de papel opaco que dejaban pasar el frío helando todo lo que había detrás. A pesar de la tormenta todo parecía en calma, la luz de la vela permanecía sin titilar y los truenos rugían constantes en el ambiente.

Le encantaban esas noches, frías pero cálidas para cubrirte entre mantas y pensar en los detalles que forman las pequeñas cosas. El invierno es la mejor estación, pensó, me tomarán por loca, recapacitó segundos más tarde. Se quedó con lo poco común del mundo, entre lo que te hace raro y diferente. Era de esas personas capaces de mezclar el amargo de un pepinillo con el azúcar de las galletas y le encantaba, y ojalá a alguien le encantara reírse de sus gustos peculiares. Escuchaba música a altas horas de la noche, frente al espejo, usando el cepillo del pelo como si de un micrófono se tratase y así, simplemente, era ella.

Pero las sonrisas no siempre acompañaron su rostro, a veces habían amaneceres lluviosos que chocaban de nuevo contra el vidrio helado. Enfriaban sus pómulos y humedecían la almohada dejándola levemente salada, como agua de mar. Y algo así era, una marea que arrasaba con todo a su paso dejando canciones tristes y un sabor amargo que pedía distancia a gritos. Sólo de esa manera el dolor cesaba y, aunque las gotas seguían cayendo con fuerza, el ruido que producían podía resultar incluso agradable.

El camino se hizo largo de tanto andar y el tiempo que dejó pasar entre risas, llantos y gotas de lluvia, fue suficiente para dejar de contarlo hasta que, tarde, se dio cuenta de que lo había perdido y eso no lo iba a recuperar.

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